El cariño verdadero, ni se compra ni se vende.

No hay en el mundo dinero para comprar los quereres, que el cariño verdadero, ni se compra ni se vende. Este era el estribillo de la exitosa canción de Manolo Escobar, que triunfó en España en la segunda mitad de los años 60 y que recuerdo haber escuchado cuando era un chaval en la radio de mi abuelo Martín, convirtiéndose más tarde en un clásico del hit parade nacional, tarareándose por doquier.

Ya sé que decir esto es sinónimo de boomer carrozón, y aunque no sea un cantante que me guste, me permito usar ese estribillo para cantar a los cuatro vientos que, el deseo sexual y la sexualidad, ni se compran ni se venden. Tampoco se imponen por la fuerza. El deseo sexual es una poderosa motivación de la conducta de los seres humanos, desde hace miles de millones de años. Y lo seguirá siendo porque la supervivencia de la especie así lo requiere y ello no tiene relación alguna con la violencia.  Ni tampoco ninguna justificación, ni científica, ni ética.

Por tal razón me gustaría precisar que, en su esencia, sólo tiene sentido cuando se comparte libremente, cuando se entrega a otra persona porque su dueño/a soberano así lo quiere. Sus efectos bienhechores aumentan cuando se abandona en los brazos del amante tierno y solícito que hace lo propio. Cierto es que tal decisión lo aleja de su presión biológica y reproductiva y le confiere un carácter humano y evolucionado, que igualmente le pertenece, en un marco de vinculación afectiva. Se comparte no solo la pasión y el placer, sino también el encuentro tierno, bondadoso y la cercanía íntima, como en ninguna otra relación humana, de manera que el vínculo sexual, en ese entorno, es único.

Nace de dentro y es muy difícil, obligarlo a que surja. Se puede, claro, presionar  de múltiples maneras para que aparezca. Pero eso es otra cosa. Tal vez teatro. O fingir como si fuera verdad. O seguir el cuento. Pero de esas quimeras no estamos hablando ¿verdad?

Presionar, imponer, forzar, obligar…a este impulso natural, saludable y positivo originariamente, provoca dolor y sufrimiento en quien sufre esa experiencia que, de ese modo, se torna inaceptable. Deleznable.

Por tanto, ni la violencia ni el dinero son sus propietarios. Ni sus intermediarios siquiera. Sólo la libertad de hacerlo, de entregarlo, de compartirlo de manera generosa, a quien la persona quiere. Únicamente a quien desea.  Alguien especial y excepcional con quien disfrutar mutuamente. Y eso es hermoso, saludable y benéfico. Y de ello se privan quienes lo imponen, violentando la voluntad de la otra persona, su único dueño, ora con brutalidad ora con unos cuantos euros de por medio. Conversa con tus hijos, sobrinos o nietos sobre este particular, largo y tendido. Sin prisas.

Y esto hay que decírselo, a los que lo hacen y a los que puedan hacerlo en el futuro. Chicos en su inmensa mayoría. Señalárselo hasta quedarse roncos. Este es el único camino que tenemos para disminuir significativamente las agresiones sexuales a mujeres y menores, de las que nos informan a diario los medios de comunicación. La condena legal y la exigua rehabilitación no son en modo alguno suficientes.

Porque cuando ese hecho, inaceptable desde cualquier punto de vista, tiene lugar, más que deseo, el protagonista es otro: es la violencia y el poder de ejercerla, ya que de eso se trata realmente, de una relación de poder:  Yo te lo impongo, bien con fuerza o bien con milongas. Incluso te lo compro porque puedo hacerlo. La prostitución es el vivo ejemplo de esto que quiero decir. Ambos saben que están actuando y que los gemidos son una vana ilusión. Pero, tal vez, el placer está en otro lugar, en esa sensación de dominio, más allá de la descarga eyaculatoria, porque a la que se compra su cuerpo seguramente no le gusta lo más mínimo. ¿A quién le gusta ser obligado a llevar a cabo prácticas sexuales que no desea? Ya te lo digo yo: a nadie que tenga capacidad de elegir en su sano juicio. O a quien esté necesitada y no le quede más remedio. O a quien quiera aprovecharse y ganar dinero. Poco más.

Sin duda alguna, esa relación de poder -además del egoísmo en estado puro y de la incapacidad de ponerse en el lugar de la otra persona, un rasgo típico de los psicópatas- se expresa con nitidez en todas las violaciones. Las que se realizan a menores igualmente y, si cabe, más deleznables.

Es imposible que el deseo emerja en una práctica sexual desagradable, impuesta, obligada. Eso es otra cosa, que nada tiene que ver con la dimensión humana emocionante a la que me estoy refiriendo, esencialmente empática y cercana a la compasión, que nos gratifica de una manera singular y que saca lo mejor de nosotros, porque se comparte altruistamente.

Viene esto a cuento de una noticia reciente  (clica aquí si quieres leerla) que informaba de un estudio que, entre otras conclusiones señalaba: “Una de cada cinco jóvenes declara haberse sentido forzada a tener sexo no deseado”.

Esta es una realidad que no podemos tolerar porque el coste emocional, afectivo y sexual para esas chicas que se ven forzadas a tener sexo sin desearlo es demasiado elevado. Inadmisible. No hay derecho a que se priven de vivir y sentir las provechosas emociones, sentimientos y sensaciones que procura una experiencia de igual a igual. Y que le quede un amargor de boca de modo permanente. Seguramente también tristeza y frustración en su recuerdo.

Es mi opinión esto es inaceptable en una sociedad civilizada que, lamentablemente, ha decidido que la sexualidad, una dimensión esencialmente positiva, saludable, tierna y bienhechora -que tiene realmente sentido en el mutuo acuerdo y la empatía– esté asociada, sin embargo, a la violencia que está en las antípodas de aquella. ¿Para cuándo otra decisión radicalmente diferente?

NOTA FINAL.

Desde mi compromiso formativo y de prevención, en nuestro libro TUS HIJOS VEN PORNO 2, analizamos el papel de las películas sexuales porno violentas en las agresiones y abusos sexuales, proponiendo un modelo de intervención educativa para desarrollar en casa y en los centros de enseñanza, que prevenga esas lacras en nuestra sociedad. Un manual de trabajo de casi 500 páginas por el equivalente a lo que cuesta un café: 3,24€. Y de paso apoyas mi trabajo de divulgación, que buena falta me hace.

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