“A los menores que violan: ¡Hay que meterlos en la cárcel para siempre!”

Foto portada: @pinturasenmivida

El titulo que abre esta entrega, creo que es una creencia extendida que no es infrecuente encontrarla en RRSS, en forma de afirmación tajante o en algunas tertulias de los medios de comunicación, escuchando incluso quienes proponen “ojo por ojo, hasta que mueran esos malnacidos”, al calor de la noticia de otra nueva agresión sexual en manada a niñas. Entendemos que muchos padres con hijas de esa edad pudieran pensar tal cosa, al imaginarla en esas dramáticas circunstancias.

Soy consciente de que meterme en este jardín, me va a generar alguna que otra descalificación e insultos varios, por quienes consideran que el correctivo penal contundente es la solución idónea.

En los últimos meses, a tenor de las constantes noticias de acosos y agresiones sexuales en menores, números inaceptables de cualquier manera, se ha creado una gran alarma social. Para buscar respuestas a este hecho brutal, he sido invitado a numerosas entrevistas en TV, radio o prensa, como he referido aquí, aquí o aquí. Me resultó especialmente agradable la entrevista de EL PAIS. La última, en las noticias de Antena 3, que puedes ver clicando aquí.

Pero, al margen de la primera reacción emocional, impulsiva y visceral, que sale al conocer ese tipo de hechos, opino que hay que esperar un tiempo para apelar a la razón y dejar que la serenidad vuelva a su cauce, para darse cuenta de que este tipo de “soluciones”, de medidas propuestas en caliente son, no solo ineficientes, sino que además de engordar el problema, ocultan los factores etiológicos que podrían explicar este fenómeno novedoso en nuestra sociedad occidental. Al desconocer las causas, difícilmente se pueden implementar soluciones efectivas. Sobre las agresiones sexuales juveniles hemos escrito este artículo y varios otros sobre abusos sexuales. Esta cuestión ha sido objetivo preferente en mi programa educativo TUS HIJOS VEN PORNO, siendo abordado en diferentes apartados.

Sí me sigues, sabes de mi interés sin ambages y compromiso firme, exponiéndome públicamente a la menor oportunidad, en separar la violencia de la sexualidad.

Es verdad que, decir esto, conlleva toda suerte de improperios y acusaciones, porque se infiere de manera irresponsable e interesada, de que estás a favor de esos menores violadores. Nada más lejos de la realidad.

Lo acertado sería preguntarnos, con rigor y racionalidad, no tanto con las tripas, cuáles son las posibles variables explicativas de esas conductas terribles que producen un daño, tal vez irreparable, en las niñas agredidas y en sus familias, desequilibrando algunos de los cimientos en los que se asienta nuestra sociedad. Tengo la impresión que estos sucesos podrían parangonarse al impacto de un misil en la base de esas cimentaciones.

Y los factores son extraordinariamente complejos. Basta mencionar algunos de los más relevantes: desigualdad social, desigualdad entre hombres y mujeres, machismo cultural atávico, biografía con violencia, familias desestructuradas, modelos parentales bárbaros, variables de personalidad impulsivas, dificultades de regulación emocional, ausencia incomprensible de una educación sexual profesional y científica, acompañada de una educación emocional, consumo de pornografía violenta (o videojuegos, canciones con violencia sexual…), consumo de alcohol y sustancias estimulantes…

Cuando un grupo de menores secuestra a punta de cuchillo a una niña de 11 años, la violan brutalmente en un baño de un centro comercial en horario de mañana, lo graban y lo suben a Internet, están mostrando la ausencia total de empatía y compasión, similar a los que se masturban y se excitan con ese vídeo infame, que vuelven a compartir en lugar de parar la cadena y denunciar ese hecho vergonzante y delictivo. En un caso concreto, de Badalona, ninguno lo hizo, excepto el hermano, cuando le llegó la grabación a su móvil.

Análoga alteración, por qué no decirlo, de la mayoría de la sociedad que promueve, tolera esos hechos, mirando para otro lado, sin implementar medidas valientes y decididas que puedan atajar esta sangría, porque no tengo ninguna duda de que irá a más. Cuando no se hace nada, se está dejando que las cosas sigan como están y, en buena lógica, empeoren. No hacer nada es una forma eficiente de hacer, de cosechar resultados.

O cuando otro grupo de chicos acosa sistemáticamente a una niña en el colegio, hasta conseguir que se suicide porque no puede soportar más ese suplicio. Un dolor y sufrimiento inmenso, de tal calibre que la lleva a quitarse la vida, final luctuoso que  los agresores celebran, festejando su muerte. Otra salvajada que resulta incomprensible para cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad.

Sobre la empatía, la compasión y el consumo de películas pornoviolentas, hemos escrito estos dos artículos, que han tenido una excelente acogida entre mis seguidores/as.

Lo que no parece ser justo ni eficiente es echar las culpas en exclusiva de todo lo que ocurre a factores como la inmigración. Eso es, ademas de no ser cierto, echar gasolina al fuego.

¿Entonces, cuál es la solución?

Muy difícil y compleja. No sé si la hay en este modelo de desarrollo socioeconómico en el que estamos inmersos. La cárcel, la ley, el castigo…no solo no solucionan el problema, sino que lo aumentan. EEUU es uno de los países con leyes más duras, empero, es así mismo el que tiene mayores tasas de homicidios y violencia. La experiencia de otros países de nuestro entorno, parece que no invita a pensar que tienen menor delincuencia juvenil o menor número de delitos sexuales, por endurecer las penas.

Incluso los centros de internamiento, que están más pensados para castigar, no solo parece que no cumplen la función de reeducar, sino que incrementan aquello que pretendían modificar. Yo dudo del poder regenerador de los castigos, por lo que prefiero hablar de consecuencias, que deber ser conocidas con precisión por quien tiene que cumplir las normas, incluso participar en la negociación de las mismas. Aplicar con rigor el código penal con menores que son inimputables, no sé si es una medida recomendable, aunque algo habría que hacer. Mucho menos rebajar la edad penal de 14 a 12 años, como sugieren algunos expertos.

Con todo observo un nivel de fariseísmo e irresponsabilidad importante, en diferentes espacios sociales y de responsables políticos. De una parte, abandonamos a niños y niñas en brazos de la pornografía violenta, al no dar respuesta a sus necesidades e intereses de una manera normalizada y reglada y, de otra, proponemos duros castigos por emular lo que ven en esos vídeos a diario, excitados, sintiendo placer, en un cerebro en construcción, como he dicho reiteradas veces.

Apuesto por la reeducación de los agresores actuales, prevención de los potenciales, pero también actuar con los progenitores de los menores y, en particular, de la prevención de los que puedan ser en el futuro. Pero no una reeducación de chicha y nabo, sino de programas sistemáticos, debidamente estructurados, llevados a cabo con recursos técnicos y humanos suficientes, sin escatimar nada, que estén personalizados para cada caso, encaminados a que el sujeto reconozca su responsabilidad en lo ocurrido, tome conciencia de las consecuencias de sus actos, de su crueldad, y se implique activamente en el proceso rehabilitador, como una nueva alternativa que se le ofrece, con el fin de evitar cuando menos la repetición.

Ese menor agresor es una víctima más de este sistema social y político insensible, que “racanea” recursos sociales, empeñado en obtener beneficios y no invertir en poblaciones vulnerables, desconocedor de las motivaciones humanas que están detrás de esos comportamientos.

Por otra parte, si no hay un cambio en las condiciones sociales en las que vive y se desarrolla ese agresor, y que probablemente han contribuido a ese comportamiento cruel, difícilmente se obtendrán resultados satisfactorios.

Las medidas de rehabilitación y reinserción, para todos los menores implicados tengan la edad que tengan, parecen albergar una cierta esperanza, pero sabemos que, además de disponer de escasos recursos, son insuficientes, por sí solas. Hay que apostar por esas medidas, pero no aisladas ni a medias tintas. Medidas que deben contemplar dar una alternativa a esa inimputabilidad que acoge a esos chicos menores agresores que, probablemente, les de alas para continuar y animar a otros a hacer lo propio, hecho que provoca una crispación de la sociedad, porque es muy difícil de entender, en la medida en que se deduce que no se hace nada con ellos, que están en una especie de limbo.

Esas agresiones de menores a menores son, además de una bofetada sonora a la colectividad social, una demostración evidente del fracaso educativo de una sociedad que tiene la osadía de calificarse así misma de civilizada, moderna, promotora de derechos civiles y democráticos. Es también una evidencia del fallo estrepitoso de la educación familiar y escolar. Igual que los casos, cada vez más flagrantes, de acoso a menores en sus múltiples modalidades.

Consecuentemente, en primer lugar, a quien hay que exigir responsabilidades es al padre y la madre (o los tutores legales en su caso) por educar -sí educar, porque siempre estamos educando y siempre obtenemos resultados hagamos lo que hagamos- a esos chicos sin los mínimos valores de respeto y solidaridad por el otro/a, carentes de los límites más básicos de convivencia, sin generosidad ni amabilidad en el trato con sus iguales, sin empatía ni compasión. A los que no han enseñado, desde muy pronto y de modo permanente las líneas rojas que nunca se pueden saltar.

Pero está sociedad es, en determinados aspectos,como una selva en donde siempre acaba triunfando el más poderoso. El mundo de las finanzas, por ejemplo, es paradigmático. También el de los embaucadores y corruptos.

Y esto ha ocurrido, bien sea porque esos progenitores no saben, carecen de herramientas, tienen trastornos que les incapacitan, pasan de todo, desconocen cómo dotarles de lo que denomino “escudos de protección”, o son ellos mismos un modelo peligroso para los pequeños.

Esos padres y madres deberían tener algún tipo de responsabilidad penal y deberían asumir un compromiso de realizar programas de rehabilitación también. Porque están seriamente dañados, demostrando su incapacidad como progenitores que tienen el cometido de cuidar a su prole y acompañarles, de manera saludable y efectiva, en su desarrollo. A la luz de estos hechos parece que no todos están cualificados y capacitados para hacerlo.

En resumen, rehabilitación adecuada y eficiente tanto para el menor agresor como para su familia y educación/capacitación generalizada desde la familia y todos los centros escolares con finalidad preventiva, cuanto antes mejor, son dos de las patas de la mesa que deben considerarse, al menos, además del castigo penal.

Aprendemos a ser violentos

Desde la Psicología, disponemos de un arsenal de conocimientos sobre este tipo de conductas agresivas. Por ejemplo, de cómo los niños y niñas aprenden a ser violentos. Porque aprendemos a ser violentos. Un niño no nace siendo violento, se hace.  Albert Bandura, fue un psicólogo referente en el estudio del aprendizaje de la violencia, cuyas investigaciones le llevaron a concluir que los patrones violentos se aprenden desde la infancia, por la imitación que los niños hacen de lo que observan a partir de los modelos de su entorno. El aprendizaje por modelado es algo que pocos discuten en los ámbitos científicos.

Mostró que los niños y las niñas copiaban a los adultos de su mismo sexo en mayor proporción, aunque, en términos generales, las conductas violentas eran más usuales en los chicos. Esta mayor implicación en la violencia de los varones la hemos analizado en este artículo, donde la testosterona es solo un factor explicativo,porque hay más.

Hay otros muchos mecanismos y modelos de aprendizaje, no solo los más conocidos (el clásico y el operante) sino también el emocional y el significativo así como aquellos basados en la imitación, en el modelado o las neuronas espejo. Mecanismos que junto a los superestímulos sexuales o el impacto de la novedad, me resultan particularmente significativos a la hora de explicar la influencia del consumo precoz y abusivo, sin educación sexual que haga de contrapeso, de las películas pornoviolentas en las actitudes y conductas sexuales agresivas. Los más elementales como el condicionamiento clásico o el operantes son claros, en la medida de que estamos hablando del deseo sexual cuya base fisiológica es indiscutible (el estímulo sexual provoca una respuesta fisiológica inmediata). La Psicología emocional y la neurociencia tienen aportaciones sumamente interesantes a este respecto.

Con todo, hay evidencias científicas suficientes para considerar que el consumo precoz y abusivo de pornografía violenta, incrementa la probabilidad de que los hombres cometan agresiones sexuales y que, aumente igualmente, que las mujeres sufran esa violencia.

Es verdad que vivimos en sociedades violentas e intolerantes a más no poder. Profundamente desiguales. En ese contexto convendría destacar algunas canciones, determinadas películas comerciales y series, ciertos videojuegos, la hipersexualización social o el consumo de porno henchido de brutalidad…que van sumando tolerancia hacia la violencia, en una espiral difícilmente controlable. Un caldo de cultivo inmejorable para las conductas agresivas.

Mi colega Carmen de la Sierra, especialista en atención psicológica a adolescentes, me hace llegar su preocupación por estas influencias a partir de casos concretos de su consulta y me dice: “Es terrible José Luis!! Tengo y he tenido algunas adolescentes en la consulta que me preguntan lo siguiente: “¿Por qué en webs de pornografía dirigidas a población joven se romantiza el sadismo? “Otra: “No entiendo que hagan películas (en las webs principales de películas) donde el argumento sea sobre adolescentes que se prostituyen y eso les guste” Esta profesional propone promover la capacidad crítica en jóvenes, “ayudarles y prepararles -cuanto antes y junto a los padres- para defenderse frente a todo este torrente de normalización de la violencia en las relaciones sexuales”.

Sobre la realidad y la influencia de la hipersexualización galopante de nuestra sociedad, en particular el efecto de determinadas canciones, he escrito este artículo, que ha tenido una acogida fantástica en lo que se refiere al número de lecturas.

Baste un ejemplo, si quieres ver (y leer la letra) la importancia de esto que trato de decir, basta como botón de muestra, que escuches la canción Duro dos horas de Faraón Love Shady en un videoclip que no deja indiferente, porque esas canciones son las que cantan, bailan perreando, muchas menores que acuden a sus conciertos o compran sus discos.

En consecuencia, hay que atender a esos menores, con todos los instrumentos posibles, para reinsertarlos y que no vuelvan a cometer esas brutalidades pero, también y no menos importante, prevenir que haya el mínimo número de agresores posibles en el futuro, a través de la capacitación específica en las familias y en los centros de enseñanza, desde primaria hasta la universidad. No veo otra salida que pudiera tener algún éxito a medio y largo plazo, si bien, lamentablemente, en esos asuntos estamos en mantillas, razón por la que cabe esperar un incremento de estas conductas en los próximos años, ocupando espacios en las portadas de los telediarios.

Ya se ve que son varios los frentes por abordar, que requieren una voluntad política inequívoca, valiente y decidida, en la primera fila de las prioridades, así como unos presupuestos generosos sin dilación. Empero soy consciente de que esto es un anhelo idealista, sin visos de realidad al menos a corto plazo.

Educar en otro modelo

Quienes me siguen en el trabajo de divulgación y formación que llevo desde hace cuatro décadas, saben de mi compromiso firme y decidido contra la violencia sexual, sea del tipo que sea, especialmente aquella que tiene un influjo poderoso a través de la pornografía, que denomino Películas Sexuales Pornoviolentas (PSP) en contraposición a las Películas Sexuales Eróticas (PSE). Hemos analizado esta cuestión en otras entregas de este blog, por ejemplo, aquí y aquí.

Y afirmo que la violencia sexual no es sexualidad, es violencia y punto. La dimensión sexual y la violencia son incompatibles y no hay ninguna justificación ética, ni científica que diga que tienen que ir de la mano. Ninguna.

Defiendo que la sexualidad es una dimensión positiva de nuestra vida y de la evolución de la especie humana: amorosa, saludable, divertida, cálida, gozosa y placentera, apasionada…que tiene todo el sentido cuando se da en un entorno de deseo y acuerdo mutuo, afecto, respeto, libertad y corresponsabilidad en el placer con la otra persona, que me concierne, empatizo y me genera ternura y compasión.

La dimensión sexual está hecha para el contacto placentero y el encuentro tierno y gozoso, en consecuencia, no puede en ninguna circunstancia transformarse en una experiencia dolorosa, desagradable o incluso traumática, que acompañará a las víctimas toda su vida y a sus familias.

Como he escrito en otro momento, la empatía y la compasión, son dos rasgos característicos de la evolución y civilización de nuestra especie, sin embargo, la mezcla incontrolada de la violencia y la sexualidad pueden comprometer esos logros.

¿Cuándo implementaremos este modelo en nuestras casas y en los centros de enseñanza? De momento, no se esperan decisiones políticas en esa dirección, ya que los servidores públicos actuales y pasados, se han mostrado incapaces de ofrecer medidas efectivas sobre este grave problema de salud. ¿Hasta cuándo?

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