AGRESIONES SEXUALES A MUJERES Y A MENORES (1ª parte)

Un artículo de José Luis García

Siguiendo con mi propósito de ofrecer contenidos formativos, a quien pueda interesarle, sobre algunos aspectos que tienen que ver con las películas sexuales, en esta ocasión abordamos un tema de extraordinaria relevancia: La instrumentalización torticera de la violencia en la sexualidad.

Los malos tratos a mujeres, los abusos y agresiones sexuales, incluso de menores hacia otras/os menores, son noticia de portada con demasiada frecuencia en los medios de comunicación que suelen destacar, en mayor medida, aquellas que se producen en grupo, a tenor, tal vez, de que este comportamiento es más usual en culturas lejanas como México o la India por poner dos ejemplos. Lamentablemente muchas mañanas nos desayunamos con noticias de este calibre que nos atraganta el café con leche.

Se trata de un fenómeno de máxima y permanente actualidad, que refleja el sufrimiento de millones de mujeres y menores en todo el mundo, inaceptable en una sociedad moderna que pretende ser igualitaria y civilizada. Es una muestra lacerante del mal uso del poder por parte de algunos hombres que lo tienen y lo han tenido a lo largo de la historia. Este poder del agresor en el caso de los menores es determinante, como vimos en otro artículo. (clica aquí si quieres leerlo)

A pesar de que existen estudios interesantes, en determinados ámbitos sociales se tiende a culpar de manera exclusiva a factores ideológicos como el machismo. Sin quitarle importancia a esa variable, consideramos que el machismo no es el único factor que convendría considerar. La inmensa mayoría de los hombres y mujeres que podrían ser considerados/as machistas, no son maltratadores/as ni violadores/as. Hay hombres y mujeres maltratadores en determinadas circunstancias. Hay quienes son machistas y maltratadores, pero no asesinos. Desde 2003, según cifras oficiales, hay 1096 hombres que son machistas y asesinos de sus parejas o exparejas. Hay excepcionalmente algunos hombres (y mujeres) que asesinan a sus hijos/as.

Ni siquiera estamos seguros que la educación que preconizamos sea una alternativa exclusiva para resolver este drama. Finlandia, país envidiado por sus programas de igualdad, con unos sistemas educativos progresistas e importantes recursos destinados a la educación, tiene tasas de maltratos y asesinatos a mujeres, muy superiores a las españolas. Tampoco el castigo penal y la cárcel parecen por sí solos resuelven el problema, a pesar de que se hacen esfuerzos en los programas de rehabilitación.

Por tanto, estamos ante una realidad compleja y difícil. En consecuencia, es preciso investigar y conocer todos aquellos factores que están implicados en este problema si queremos realmente prevenirlo. Resulta difícil, sino imposible, entender este tipo de conductas humanas extraordinariamente espinosas, sólo desde planteamientos ideológicos y/o de propaganda.

Con todo, a mí me interesa particularmente la asociación existente entre violencia y sexualidad, que es una forma de agresión bastante extendida. Vínculo que no tiene ninguna justificación científica y ética y que considero inaceptable, tal y como vengo señalando en diferentes artículos y libros desde hace años.

Históricamente, la violencia y la sexualidad han estado, desafortunadamente, muy emparentadas. Recuérdese la calificación idéntica de las películas sexuales y de las violentas que aún permanecen en algunos films y series.

Pero este lazo continua en las producciones actuales como, por ejemplo, la serie juvenil Euphoria, de mucho éxito, en la que se transmite una cierta idea de que la violencia en el sexo está bien.

De todos modos, lo que parece obvio es que el porno violento refuerza y amplifica esa asociación. Es más, podemos decir que la violencia en el porno no parece tener límites. Algunos dirán que no es más que un reflejo de la violencia que hay en la sociedad. Ciertos pornógrafos argumentan que solo producen aquello que existe en la realidad, que no se inventan nada.

En cualquier caso, y lo repetimos, la violencia asociada a las prácticas sexuales grabadas en vídeo y difundidas gratuitamente en Internet, aquella que consumen nuestros menores, no tiene ningún tipo sentido ni justificación alguna y los efectos de su consumo habitual son bien conocidos.

En mi trabajo de formación y divulgador me he propuesto separarlas a pesar de que soy consciente de que es un anhelo utópico en una sociedad esencialmente violenta. La pornografía heterosexual más que sexualidad es, en muchos vídeos, violencia que se ejerce sobre las mujeres, hecho desde todo punto de vista inaceptable.

El porno con violencia ha conseguido erotizar y normalizar la barbarie de un hombre hacia una mujer, a veces con crueldad y vejación extrema. Esta es una característica que nunca antes ha existido en la especie humana y que es más propia de finales del s. XX generalizándose en el s. XXI.

Desde esta perspectiva, las agresiones sexuales a mujeres y los abusos/violaciones a menores, han sido analizados ampliamente en nuestro programa TUS HIJOS VEN PORNO, en particular en el volumen I, proponiendo a la vez una serie de medidas educativas concretas para su prevención. De hecho, una buena parte del programa está orientado hacia esa dirección a partir del análisis de las implicaciones del consumo de películas sexuales pornoviolentas en la explicación etiológica de ese hecho. Clica aquí si tienes interés en saber más.

En España, el número de delitos contra la libertad sexual denunciados por cada 100.000 habitantes ha aumentado en los últimos años: de 19.1 y 23.3 en 2009 y 2016 respectivamente. 

Según algunas fuentes basadas en datos del INE, en nuestro país se registra oficialmente una violación cada 6 horas, llevada a cabo por uno o varios hombres contra la libertad sexual de una mujer. Una psicóloga española, Alba Alfajeme, especialista en violencias machistas, ha afirmado que entre un 20 % y un 30 % de los violadores son menores, y el 50 % delinquieron antes de los 16, tendencia ya denunciada por la Fiscalía española en los informes anuales de 2019 y 2020.

En España se denuncian más de 1 000 agresiones y abusos sexuales cada mes. Como se observa en la tabla siguiente, según datos del Ministerio del Interior correspondientes a los años 2018 y 2019, el incremento se ha producido en tres ámbitos.

En un informe de DATHOS Proyectos y Big Data, que me ha sido facilitado amablemente por esa entidad, sobre la situación de las diferentes CC AA, entre 2015 y 2019, en lo que se refiere a victimizaciones por delitos sexuales, en toda España y en los años citados se han notificado cerca de 50.000 casos relacionados con la libertad sexual, de las cuales el 48,7% tienen de 0 a 17 años, mientras que el 51,3% de 18 años o más.

Algunos estudios han sugerido un incremento de la violencia sexual durante la pandemia. Un informe del Comité Internacional de la Cruz Roja, advierte del número de sobrevivientes de actos de violencia, incluida la violencia sexual, que se cuadruplicó de enero a mayo de 2020, en comparación con el mismo período en 2019.

Sin embargo, sabemos que es solo la punta del iceberg. Un informe de Naciones Unidas indica que, por cada agresión sexual denunciada, habría entre 10 y 20 que se quedan sin reportar.

La violencia sexual tiene algunas peculiaridades, en cuya solución deben contemplarse medidas legales valientes y decididas desde los gobiernos. Pero no solo con castigos penales se resuelve el problema. Teniendo en cuenta que parece que solo un pequeño porcentaje de agresiones se comunican a alguna persona cercana -y, luego, puede que se denuncie- cabe sostener que no es que haya más casos ahora, sino que se visibilizan más. En el caso de los abusos sexuales a menores es más lacerante si cabe porque las denuncias parecen ser minoritarias.

Con todo, el maltrato y las agresiones contra las mujeres, en sus múltiples formas, han sido una lacra en nuestra cultura occidental. Por supuesto en otras culturas y latitudes la situación no ha sido mejor, por lo que cabe afirmar que la historia de la sexualidad femenina es, también, una historia de vulneración de sus derechos y en este caso de los sexuales en particular.

Siempre hemos defendido el valor supremo de la libertad individual. Para muchas mujeres su biografía sexual ha estado caracterizada por la permanente transgresión y la falta de respeto hacia su libertad de elección en lo que concierne a sus deseos sexuales.

Pero en cualquier caso lo que queremos destacar es que, si bien ha habido cambios importantes, su disminución significativa (la desaparición completa parece ser tarea imposible) sigue siendo una asignatura pendiente de la sociedad. Tal vez uno de los elementos de ese cambio que convendría destacar es que los maltratos ya no tienen la legitimación social que tuvieron décadas atrás. 

La violencia sobre la pareja, ya no es un asunto privado de la misma, sino que compete a la sociedad entera, a los medios de comunicación que la visibilizan y a los políticos que legislan medidas de protección y leyes como la Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género aprobada en ese año.  

Es verdad que queda mucho trecho y que la formación de la judicatura y de los cuerpos y fuerzas de seguridad es una asignatura pendiente. Pero, a mi entender lo más relevante es la prevención a través de la educación, ámbito en el que apenas hemos avanzado.

Algunos factores etiológicos

No obstante, tenemos la sospecha que el consumo de pornografía violenta, con sus características genuinas asociadas, es un factor destacado en la situación actual que no existía con anterioridad. Es probable que el miedo al castigo penal haya surtido efecto, pero, a la vez, convive con ese aprendizaje del sexo violento.

La propia dinámica de las relaciones de pareja, que requiere habilidades particulares para su armonía, es otro factor que nosotros hemos sugerido investigar, a pesar de que ello provoque, particularmente en RRSS, las furias de algunas mujeres intolerantes e ignorantes en estas materias, que suelen clamar contra a la violencia pero que en sus actitudes no hacen sino reflejar eso que critican. Además, las descalificaciones personales y profesionales revelan maldad como personas. Está claro que la violencia sexual tiene sexo, pero no la maldad.

Pero hay que investigar y dedicar mayores presupuestos al estudio de estas temáticas. Sugerimos, por ejemplo, el impacto del consumo de alcohol y drogas y la violencia sexual que curiosamente puede ser un atenuante en los hombres y un modo de culpabilizar a las mujeres.  Particular interés tienen para nosotros los procesos de seducción previos a la relación y la dificultad de identificar los mensajes que se intercambian entre chicos y chicas.

Incluso hay algunos trabajos, controvertidos sin duda, como el de James M. Cantor, que ha investigado desde la neurociencia sobre las diferencias cerebrales en pedófilos, señalando que la pedofilia es algo inmutable y que es probable que las personas nazcan con ello.

Las agresiones sexuales, junto a la prostitución y una parte de la pornografía, son ejemplos evidentes de las desigualdades sociales y, más en concreto, de las desigualdades existentes entre hombres y mujeres. Por tanto, mientras sigan existiendo esas desigualdades, con toda probabilidad, seguirán existiendo hombres que hacen un mal uso de su poder agrediéndolas sexualmente.

Sí nos parece un acontecimiento novedoso en nuestra sociedad, la agresión sexual en grupo de hombres menores hacia una mujer menor (también hay varones menores víctimas) ¿Por qué? Tal vez por el efecto copia, de los más jóvenes respecto de los comportamientos adultos. Tratan de emular lo que ven. Repitiendo lo que hacen los mayores es una forma de hacerse mayores y además todo el mundo se entera, porque graban la felonía y luego la suben a Internet, adquiriendo un notorio protagonismo. La violación en grupo de la famosa manada a una joven de 18 años, en los San Fermines de 2017 en Pamplona es un ejemplo claro de este hecho de compartir el delito en línea.

Han pasado 4 años de aquello y ha habido numerosos casos de manadas. Cabría preguntarse si esta actitud social de rechazo a ese hecho es una burbuja momentánea que se desinflará o no. No lo sabemos, pero seguro que volverán otros nuevos casos, que quizá acaben por olvidarse. A juzgar por las escasas medidas educativas y de prevención (y sus correspondientes dotaciones presupuestarias) pensamos que el cambio ha sido más bien testimonial.

¿Cómo es posible que, en un mundo globalizado, con avances tecnológicos extraordinarios tengamos estos problemas, tan graves y trascendentales, como son las agresiones sexuales a menores y a mujeres? Máxime si tenemos en cuenta las consecuencias para la vida futura de las víctimas que sufren esas experiencias. Tal vez las próximas generaciones lamenten no haber tenido unos predecesores más valientes y comprometidos en buscar soluciones más adecuadas para resolver esta cuestión.

Además de factores estructurales, rasgos de personalidad, biografía, consumo de sustancias estimulantes, alcohol y los mencionados más atrás, podríamos considerar otros tres factores como favorecedores de estas conductas: lo que yo denomino hipersexualización social, es decir el uso desproporcionado, permanente y hasta grosero -por parte de los medios y de la publicidad- del sexo como un elemento de consumo y de sexualización temprana de las niñas; el acceso generalizado a la pornografía en internet y la ausencia de una educación sexual profesional y científica.

Es verdad que se han hecho interesantes estudios acerca de las causas de las agresiones y de los perfiles de los agresores. Igualmente hay estudios acerca de las consecuencias de los maltratos en las víctimas pequeñas y en su desarrollo cerebral. Sin embargo, en mi opinión siguen siendo insuficientes y echo de menos propuestas concretas relativas a su prevención, porque si queremos que esta sea eficiente, es absolutamente necesario conocer la etiología con mayor precisión.

En un próximo artículo continuaremos nuestras reflexiones.