Hablemos de los stickers violentos

Tengo el gusto de informarte de mi nuevo libro, (¿Hablamos de porno?) publicado por Plataforma Editorial, en el que resumo mis 47 años de experiencia educativa con familias y profesionales, orientado a ayudarles en esta difícil y compleja tarea de la educación sexual y afectiva de sus hijos/as, en particular en el tema de la pornografía y la violencia sexual. Si quieres más información, clica aquí.

Dicen que las apariencias engañan. Y hablando de stickers no es para menos. Una simple imagen decorativa, una pegatina aparentemente neutra, para acompañar mensajes en WhatsApp, pero también en Telegram o Instagram, que se ha convertido en un fenómeno preocupante, en virtud de su impacto psicológico, pudiendo fagocitar lo que podría ser una nueva forma de comunicación entre los grupos de pares juveniles.

Pues bien, cuando tengo la oportunidad, trato de hablar con los jóvenes, para actualizar mis conocimientos acerca de esta generación Z y no dejo de sorprenderme. Recientemente he trabajado con tres grupos de jóvenes, de diferentes medios y características, que tienen en común el uso de los “stickers”, tema interesante y de actualidad como pocos.

Con solo preguntarles: ¿Qué stickers más brutos habéis compartido en la última semana? ya te dan la pista de la gravedad del asunto, en la medida en que algunos muestran imágenes de desmembramiento de una persona o violaciones en grupo que, a pesar de la brutalidad, provocan hilaridad en la chavalería. Como sabes, amable lector/a, si me sigues, estoy particularmente sensibilizado con la violencia sexual, razón por la que me resulta especialmente preocupante que se frivolice con la violencia.

La violencia de los stickers, unido la que perciben en los videojuegos, en las RRSS, en algunas canciones o en la pornografía violenta, están configurando un nuevo paradigma de relaciones entre los jóvenes que va a afectar a su futuro sexual y afectivo. Hace unos días la prensa informaba que algunos niños ingresan en apps de citas de adultos con resultados lamentables. Creo que esta generación va a necesitar batallones de psicólogos/as para encajar este aprendizaje de la violencia en sus vidas y en sus relaciones.

Es cierto que muchos jóvenes los utilizan para expresar emociones y sentimientos, sarcasmos, opiniones, reforzar vínculos y, también cómo no, compartir contenido controvertido, como el porno, que es la estrella. Quienes comparten contenido chocante suman puntos en su popularidad, hecho que incentiva la escalada de barbaridades del ” y el mío más”. Una competición a ver quien comparte el más salvaje. La normalización de este fenómeno se ha generalizado de tal modo, que debería interesar tanto a familias como a educadores.

Podría interpretarse como una manera de canalizar determinadas emociones intensas, rasgo definitorio de la adolescencia, a través de ciertas imágenes y frases breves, favoreciendo una cierta “liberación de tensiones”. No obstante, dada la diversidad de personas, el impacto puede variar en función del contexto: lo que para algunos es comedia, broma o chanza, para otros puede percibirse como intimidación. No obstante tildar de broma la violencia no va a resultar gratis.

Hay infinidad de estas pegatinas, que pueden encontrarse de manera gratuita o a la venta en diferentes páginas webs: de memes, de reacciones, absurdos, personalizados, desagradables (violentos)… incluso hay pegatinas físicas para decorar las mochilas o los móviles. Los hay de texto, con movimiento…en fin, creatividad ilimitada.

Específicamente sobre sexo hay muchos, incluso con webs específicas como https://www.xoxostickers.com/es/ con títulos como “sumisa al rey”,” las chicas chorrean” o “chupando verga en el chat”.

Es verdad que hay muchos que no tienen ningún tipo de violencia incluso que promueven conductas positivas.

Algunos utilizan el rostro de determinados personajes (Shrek o Patricio Estrella por ejemplo), animales (los gatos son muy socorridos) para expresar una actitud confrontativa de forma exagerada. Si bien su apariencia puede interpretarse como humorística, puede reflejar una normalización del conflicto como una forma lúdica de interacción entre jóvenes. También de provocación. Con todo, lo arriesgado es que se puede banalizar actitudes agresivas en entornos digitales.

Este artículo pretende poner el foco en aquellos stickers que promueven diferentes formas de violencia, misoginia, racismo y discriminación, ya que además de herir, perpetúan estereotipos que provocan sufrimientos a amplios grupos de la población. Si chistes o memes sobre racismo, homofobia o machismo te provocan risa, deberías hacértelo mirar, porque a lo mejor lo eres. Regodearse y bromear con ese tipo de actitudes y valores no parece ser una conducta deseable.

Creo que la chavalería debería saber que los stickers pueden ser divertidos, irónicos o incluso provocadores, pero siempre hay formas de expresarse sin caer en el desprecio o la exclusión. Incluso es razonable utilizar pegatinas que representen conflictos o diferentes problemáticas de la sociedad, sin ser explícitamente violentos ni dañinos.

Un estudio publicado hace casi un año, en EL PAÍS  señalaba entre otras cuestiones que:

  • El 90% de los encuestados colecciona stickers en sus conversaciones de WhatsApp, Telegram o Discord.
  • El 85% crea los suyos propios.
  • El 44,3% los crea con imágenes de otras personas.
  • La mayoría reconoce tener stickers con contenido racista, machista, homófobo, de ideología radical o violentos.
  • Un 70% reconoce que los guarda porque les “hace gracia”.

También lamentan haber tenido alguna experiencia negativa con el uso de estas pegatinas.

En la presentación del estudio, dos profesionales emiten su opinión sobre este problema. Así, Gil Gijón, profesor, considera que los jóvenes  están tan familiarizados con los stickers, que “ya no sienten absolutamente nada cuando ven” . También  María Acaso, docente de la Universidad, alerta de que algunas de estas pegatinas normalizan agresiones sexuales o actitudes homófobas y violan el derecho a la intimidad de las personas.

Los stickers, al igual que los emojis, surgen en esta cultura juvenil de culto a la síntesis, a lo inmediato, entre otras cosas, para simplificar la comunicación entre iguales. Sin embargo, el uso indiscriminado y en ausencia de crítica de estos más agresivos, podría tener consecuencias poco saludables. En otros muchos artículos de este blog ( y en el de la revista Gaptain o en el de la revista Psiconetwork) hemos analizado estos efectos, por ejemplo aquí y aquí.

Como otros muchos aspectos de esta sociedad pornoviolenta (si quieres saber más sobre esta realidad clica aquí) el uso inapropiado de stickers y la compartición de este fenómeno puede tener un impacto negativo en los adolescentes si se utilizan de manera descontrolada.  Se puede estar expuesto a una imagen que uno no quiere ver, o lo que es peor, mirarla sin ser consciente de si se quiere o no y de lo que significa. Si no hay criterio para valorar críticamente esas imágenes, se corre el riesgo de considerarlo normal y aceptable, máxime cuando provoca risas o admiración con la presión del grupo de iguales.

Lo cierto es que, en determinados grupos de adolescentes, su exposición está perfectamente interiorizada, hecho que debería ser un motivo de preocupación por parte de las familias y de los docentes, en particular aquellos que tienen contenidos inaceptables en una sociedad avanzada y democrática.

  1. Muchos de ellos promueven directa o indirectamente una normalización de contenidos violentos o discriminatorios. Coleccionar y compartir stickers con contenido racista, nazi, machista, homófobo o violento, no parece ser inocuo. 

Es verdad que esos contenidos también aparecen en RRSS, pornografía violenta, videojuegos, canciones….pero justamente por eso, es un factor que suma en esta sociedad altamente polarizada donde emergen conductas y actitudes y crecientemente agresivas.

  • Una exposición frecuente, sin pensamiento crítico, a estas imágenes de contenido extremo puede tener impacto en la salud mental y emocional de los jóvenes. Por ejemplo, hay algunas evidencias de que puede alterar la autoestima.

Claro que también pueden tener un uso creativo y positivo, como un recurso para la creación artística, el humor o para reforzar la identidad y la pertenencia a un grupo, hecho necesario, sin duda. Sin embargo, en determinadas edades, con un cerebro en construcción, los stickers pueden también ser usados para excluir o zaherir a otros, someterles a un acoso o favorecer conductas de violencia contra ellos, las 24 horas del día a través del smartphone.

El uso de estas imágenes, como tantas otras cuestiones vinculadas a las pantallas, pone de relieve la necesidad de que los jóvenes tengan la capacitación suficiente que les permita un uso racional y responsable de los dispositivos inteligentes, de las plataformas y de las aplicaciones asociadas, para prevenir diferentes riesgos y problemas de salud mental.  

  1. Al igual que compartir fotos íntimas, el denominado sexting, recibir stickers con contenido violento de manera involuntaria, puede impactar en su modo de construir su visión de la realidad y de las relaciones interpersonales.
  2. Compartir estas imágenes que llevan asociadas mensajes agresivos, racistas o prejuiciosos puede contribuir a normalizar actitudes inaceptables en una sociedad civilizada, así como frivolizar acerca de valores fundamentales en la convivencia.
  3. Este uso inapropiado, puede impactar igualmente en la salud mental de los adolescentes, en la medida en que puede alterar la autoestima, promover el estrés y la ansiedad en este sector de población.
  4. Un uso descontrolado puede promover diferentes formas de acoso y bullying digital. Como es sabido esta es una forma sutil de violencia, pero de consecuencias muy graves, que se caracteriza por maltratar y hostigar a un compañero/a, poniendo de manifiesto un desequilibrio de poder entre el acosador y la víctima.  
  5. Así mismo podría afectar a las relaciones interpersonales. De hecho, un estudio realizado con jóvenes madrileños mostró que no compartir este tipo de stickers, produjo una mejora en sus relaciones y en su bienestar emocional.

Como conclusión convendría subrayar la importancia de este nuevo fenómeno que aquí solo hemos pergeñado,  que debe obligar a reflexionar respecto de la primera tarea que tenemos los adultos con responsabilidades educativas: conversar con los jóvenes y hacerles ver los riesgos que puede comportan promover y compartir stickers de violencia sin control. También ser un modelo de comportamiento ético para ellos.

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