Impacto del consumo de pornoviolencia en el altruismo, la empatía y la compasión (III): Apagón del sistema empático-compasivo.

En el anterior artículo (clica si quieres leerlo) hablaba de algunas de las características humanas más relevantes de estas cualidades/capacidades, objeto de las cuatro últimas publicaciones en este blog, sugiriendo algunos datos e investigaciones de interés, que así mismo han sido abordadas en mi último libro ¿Hablamos de porno? Me detendré únicamente en esos aspectos , compartiendo algunas reflexiones sobre ello, consciente de que es un ámbito que requiere mucha investigación.

En la entrega de hoy prosigo este análisis, ampliando los estudios al respecto y sugiriendo la coartada moral que se produce cuando hay un apagón de este sistema.

De lo expuesto hasta este momento, cabría resaltar que se trata de tres capacidades/cualidades fundamentales, que se aprenden en los entornos de seguridad afectiva, que requieren habilidades específicas, que parecen implicadas en promover la cohesión social y la solidaridad, la conducta prosocial que señalaba anteriormente, así como relaciones interpersonales saludables, configurando un sistema homeostático, relacionado con la inteligencia emocional, en el que cada una de ellas interactúan entre sí.

 Un estudio realizado en España por González-García y col. (2017) considera el llamado Sistema de conexión social, en cuyo origen se sugiere la manera de dar respuesta a la necesidad de “interaccionar con otros seres y establecer vínculos sociales duraderos. Por ello, se activa ante señales de calma y seguridad. Las conductas asociadas a este sistema son la implicación social, el comportamiento prosocial y las funciones voluntarias asociadas a la atención, el movimiento, la emoción y la comunicación”.

Las tres, tienen aspectos comunes, que podrían llegar a fundirse, pero igualmente presentan algunas peculiaridades, como se vio en el artículo anterior.

Niños con graves carencias afectivas podrían tener dificultades para desarrollar empatía o, por el contrario como se ha dicho, pueden ser muy compasivos. Un psicópata puede tener empatía, pero no compasión.  El narcisista no es altruista sino profundamente interesado y se sirve de la empatía para controlar y manipular.

La empatía es imprescindible para desencadenar conductas de ayuda, mediante la compasión que nos conmueve, poniéndonos en los zapatos de quien sufre, comprendiendo sus emociones y sentimientos, circunstancia que nos impele a echarle una mano, siendo altruistas, con el fin de mejorar su bienestar. Se trata de ser buena gente, buenas personas.

A modo de ejemplo, lo ocurrido recientemente en Valencia, con el destrozo brutal provocado por la DANA, pone de relieve esto que trato de decir y que nos confronta e interpela con las capacidades de ayuda y solidaridad de cada cual.

Consecuentemente, si no hay empatía es difícil que haya altruismo ni compasión ni, muy probablemente, tampoco cooperación.

Hay evidencia científica suficiente como para considerar que la necesidad de establecer vínculos afectivos y sociales de calidad con otros seres humanos, es una cuestión fundamental para la salud integral. (Eisenberger y Cole, 2012).

Se considera que, en la evolución de la especie humana, la capacidad de trabajar en equipo, la pertenencia a un grupo, a la tribu, el espíritu de colaboración, la tolerancia y el respeto en las relaciones, son elementos imprescindibles en su devenir y, además, están relacionados con la salud y la felicidad. Las personas con una salud de mayor calidad suelen tener relaciones interpersonales satisfactorias, toda vez que se sienten queridas y reconocidas. La bondad y generosidad son determinantes. Ser buena gente te hace sentir mejor consigo mismo. Genera dopamina. Es placentero.

Daniel Batson proponía en 2015 su teoría de la empatía-altruismo en la que subraya que la empatía favorece las llamadas conductas prosociales.

Tanto las sociedades primitivas como las actuales, se fundamentan en buena parte en la necesidad de contacto e interacción social, de pertenecer a un grupo, es decir en la cooperación con los demás. (Cacioppo, Cacioppo, Dulawa y Palmer, 2014). A su vez, esa conciencia de grupo modela nuestra identidad y el sentido de pertenencia a un grupo como seres gregarios que somos. Por tanto, ese anhelo de solidaridad y cooperación está en la base de la estructura social.

Un estudio de Mª Cristina Richaud y col. señalaba que las emociones positivas y la empatía se consideran como promotores de las conductas prosociales e inhibidores de las conductas agresivas. Este estudio muestran el importante rol que juegan la empatía -tanto emocional como cognitiva-, así como las emociones positivas y, en menor medida la autoeficacia social, en la predicción de la conducta prosocial y la inhibición de la conducta agresiva. Tanto en los niños como en las niñas la conducta prosocial se relacionó con la empatía, en especial con la toma de perspectiva, pero en mayor grado con las emociones positivas, en especial con la alegría y la satisfacción personal.

Analizando la relación entre la empatía y las emociones positivas, el documento encuentra que, tanto la toma de perspectiva como la preocupación empática, se encuentran altamente relacionadas con las emociones positivas, en especial con la alegría y gratitud y con la satisfacción personal, tanto en los varones como en las mujeres y con la serenidad en las niñas.

Otra investigación  destacaba que el comportamiento prosocial, como el voluntariado o el apoyo emocional, no solo beneficia a quienes lo reciben, sino que también mejora la salud mental de quienes lo practican, reduciendo el estrés y la ansiedad, sí como fortaleciendo la conexión social.

En mi opinión, la ausencia de empatía supondría encaminarse a una sociedad individualista del “¡sálvese el que pueda!” y que algunos piensan que no estamos lejos de ese punto de no retorno.

En consecuencia, esta aptitud para conectar, imitar y aprender de (y junto a) los otros, es la base de nuestra cultura y viene de serie en los seres humanos.

Desde esta perspectiva podrían constituir un recurso importante para la prevención de la violencia y la violencia sexual, cuestión que, como bien saben quiénes me siguen, me preocupa mucho y por esa razón hablo hoy en este foro. Es difícil que, en una relación sexual o de pareja, una persona que genera empatía y compasión pueda ser agredida.

Pero bien, volviendo al tema que me ocupa, tengo la sospecha, apoyándome en algunos trabajos e investigaciones, de que algunos adolescentes no son conscientes de que determinados elementos de su comportamiento y prácticas sexuales, con su pareja, son violentos , bien sea porque no tienen esa cuestión interiorizada en su educación, porque a fuerza de verlo en la pantalla lo normalizan o porque su filtro ético esta obstruido, es decir que su nivel de empatía y compasión está alterado.  Este hecho lo he constatado en talleres con adolescentes, cuando trabajo tales aspectos específicamente a través de una escala diseñada con este fin.

Pero no en todos, porque si el sistema de valores del espectador/a fuera consistente, tal vez serían rechazados de plano cuando son visionados. Sin embargo, para seguir viéndolos, la persona necesita una coartada ética, fundamentada en pensar que lo que ve y le excita es ficción, por tanto, no es real, justificando así tal brutalidad, mientras se excita y se masturba con ello.

Curioso mecanismo psicológico de tolerancia con la violencia sexual, de encubrimiento y ocultación, que es capaz de perturbar esas dos características de hombres y mujeres.

Es probable que eso le sirva momentáneamente, aunque lo cierto es que, poco a poco, puede acabar estableciendo un grueso muro entre su ética y los contenidos con los que se excita, si bien en algún momento de lucidez sea consciente de su realidad. Este proceso lo he visto en mi consulta en determinados pacientes.

En todo caso las webs porno son conocedoras de todo ello y juegan claramente con la idea de realidad, porque eso es lo que consideran y buscan los/as consumidores: cuanto más reales, más impacto.

Se sabe que los consumidores abusivos de estos vídeos tienden a sentir menos empatía por las víctimas de violación, justificarían la agresión, o podrían mostrar un comportamiento agresivo y deshumanizado, con efectos analgésicos en la sociabilidad. Incluso se describen mecanismos de alteración de neurotransmisores cerebrales. Habría como un bloqueo de las llamadas neuronas espejo.

En 2012 el equipo de investigación de Owens, ya señalaba entre otros efectos del consumo “sentir menos empatía por las víctimas de violación o demostrar un comportamiento cada vez más agresivo”. Otro estudio de Pavel Goldstein (Goldstein, P. et al., 2016) sugiere un poderoso efecto analgésico del contacto social y la empatía en los consumidores de pornografía.

Un estudio longitudinal de Fanti et al. (2021) estudia los efectos, en adolescentes, de la exposición repetida a la violencia en los medios (como videojuegos violentos y películas. Entre otros hallazgos, se señala que, ese factor, predice una mayor probabilidad de realizar cyberbullying. Más en concreto se señala que la exposición continua a la violencia mediática puede reducir la capacidad de los adolescentes para sentir empatía hacia los demás, lo que a su vez los hace más propensos a acosar a otros. Advierten que que esta asociación está mediada por dos factores: un aumento de la ira y una desensibilización de la empatía.

Se conocen algunos de los procesos cerebrales que acontecen durante el visionado de las películas sexuales. Determinados estudios constatan alteraciones en los marcadores de sustancias como la oxitocina o la dopamina en sujetos consumidores de pornografía. Otros sugieren que esta exposición puede provocar la alteración de algunas funciones cerebrales como la sensibilidad, la impulsividad y la compulsividad.

 Algunos trabajos de investigación evidencian que las personas que han sido abusadas sexualmente o han sido obligadas a ver pornografía como “tutorial de aprendizaje”, podrían ver como “normales” sus experiencias de abuso y, por tanto, experimentar menos sufrimiento al consumir ese tipo de representaciones. Hay un caso paradigmático que es el de la famosa cantante americana Billie Eilish, como comentaba aquí.

Sin embargo, además del consumo de pornografía, algunos informes (Booth, 2018)  sugieren un deterioro de esta capacidad en las generaciones más jóvenes, en razón de que son menos empáticas y más narcisistas que las anteriores, debido en parte a la excesiva exposición a las pantallas e Internet, destacando las RRSS ya que parecen promover conexiones virtuales en detrimento de oportunidades para interactuar con personas reales.

Mucho me temo que esas capacidades, podrían estar comprometidas en las sociedades llamadas civilizadas y modernas, debido al consumo de las representaciones pornoviolentas que podrían jugar un papel destacado. (Efrati, Y. et al., 2020). Este equipo de investigadores señala una asociación entre el consumo de porno y la introversión así como una dificultad de regulación emocional. Otro trabajo de Ballester en 2021, establece un vínculo entre la exposición abusiva y “una menor empatía cognitiva y afectiva”.

En el caso de las películas sexuales pornoviolentas (PSP) que, como bien sabéis, contrapongo a las películas sexuales eróticas (PSE), acontece que el espectador se excita viendo cómo a su vez se excitan el actor/actriz, llevando a cabo conductas violentas, erotizándolas. Este elemento, el de erotizar la violencia es, a mi juicio, determinante. Por cierto, en la serie Disclaimer (Apple TV) que me ha encantado, se muestra muy bien los dos modelos: la violencia sexual frente al erotismo bienhechor. El erotismo necesario para la salud sexual y la violencia que provoca dolor y sufrimiento y, por tanto, es incompatible con la salud.

Desde la neurociencia, podemos entender estos mecanismos en base a los diferentes y complejos procesos cerebrales que acontecen durante el visionado de las películas sexuales, con la estimulación de diversos neurotransmisores entre los que destacan la dopamina. Parece que la reiteración de ese visionado modifica el cableado neuronal y puede condicionar conductas futuras.

Cuando el consumo es habitual, aparece la tolerancia, tanto desde la perspectiva cualitativa y cuantitativa: el cerebro baja el dintel de los receptores de ese neurotransmisor, por lo que necesita más tiempo de consumo y estímulos más sofisticados, añadiendo otra sustancia que es la adrenalina, vinculada al visionado de imágenes desagradables, duras o violentas, incluso el cortisol cuando se vive como amenaza.

La dopamina nunca está satisfecha. Siempre quiere más. El resultado es que se puede comprometer la capacidad de sensibilidad ante esas representaciones que, de ordinario, provocarían rechazo y que, ahora, se tornan placenteras, aunque sea momentáneamente.

Desde un punto de vista psicológico, podríamos entender este fenómeno a partir de los mecanismos de aprendizaje (operante, modelado, intermitente, emocional y significativo)que ya he comentado en el primer artículo.  

Advierto al lector/a que en la presentación de este tema en las II Jornadas sobre violencia sexual de la URJC, acompañé con algunas imágenes sexuales pornoviolentas, autocensuradas, comentándolas para enfatizar el tipo de pornografía que ven nuestros menores.

De una parte, sabemos que un número significativo de estos vídeos promueve el sometimiento, la vejación, violencia explícita  y la degradación de la mujer y menores, en un contexto especialmente excitante y placentero para el actor/actriz, así como para los/as espectadores/as que los visionan.

Hay algunos de ellos absolutamente hirientes por su violencia extrema hacia las mujeres y los/as menores, que son tratados como cosas, deshumanizándolas, proceso previo a la alteración de la empatía.  Y este tipo de estímulos son altamente excitantes para muchos varones.

Determinados aspectos del fenómeno de la prostitución pueden entenderse desde esta perspectiva, ya que se despoja a las mujeres de su dignidad, en ausencia total de vínculo, comprando su deseo y su voluntad, como he señalado en otras publicaciones.  Las consecuencias en la salud y en la vida de estas personas pueden ser terribles, similares al síndrome de estrés postraumático.

Comparto también el hecho de que, este momento de la conferencia citada y con el fin de ilustrar el vínculo entre la empatía y la prostitución, llevé a cabo una pequeña dramatización consistente en que me acerco a una mujer (previamente ya lo habíamos pactado) la cojo del brazo y le digo: 

“Hola guapa. Estás muy buena. Me gustas mucho.  Me ponen tus tetas y tu culo. Quiero follarte. Quiero que me hagas una mamada y que después me pidas con insistencia que te empotre, que te rompa el culo y te folle duro. Toma 30 euros y vamos“.

Inmediatamente después, la he cogido de la mano para llevármela.

Solicité a la audiencia que trataran de reflexionar respecto a lo que sintieron durante ese pequeño rol-play , tanto si eran hombres como mujeres.

Numerosos testimonios de hombres consumidores habituales revelan cómo acaban cosificando a las mujeres, trastocando su percepción y su acercamiento a ellas y dificultando una relación afectiva, por lo que los efectos van más allá de la pantalla. Los testimonios de exactrices porno son igualmente demoledores de los efectos de esa actividad durante años.

Este mecanismo psicológico de tolerancia con la violencia sexual, a partir de una exposición precoz y abusiva, puede producir ese  “apagón del sistema empático-compasivo”, al menos mientras está excitado frente a la pantalla, un tanto abducido por las emociones y sensaciones que provoca la excitación sexual. 

Obviamente esta desconexión, es radicalmente diferente a la que se produce así mismo en el momento del orgasmo, que tiene un carácter temporo-espacial y perceptivo.

Esta interrupción ética momentánea, es un mecanismo necesario para escudar el visionado de tales brutalidades y que encuentra complicidad y sosiego en el argumentario “es solo ficción”, la justificación de esa conducta, que defienden a capa y espada tanto la industria como los consumidores a habituales.

Es frecuente encontrase este tipo de situaciones en la clínica psicológica, ya que el sujeto, luego, puede reconocer el hecho y sentirse culpable y avergonzado por lo que hace. Otra cosa es la posible generalización de esas actitudes y conductas en la vida de pareja real o con otras mujeres y/o menores. Sabemos que, en determinados casos, hay relación como por ejemplo que los grandes depredadores sexuales son consumidores habituales de pornografía.

En mi opinión, siguiendo este pensamiento, el proceso descrito podría conllevar la alteración de la capacidad de empatía y de compasión, tanto viendo esos vídeos, como probablemente después, en la medida en que podría trasladarse a la vida cotidiana, es decir que pudiera generalizar prácticas con violencia. La escalada puede no tener fin en lo que concierne a los trastornos de la conducta sexual, relacionados igualmente con el consumo de pornografía violenta.

Diferentes testimonios de mujeres que ligan en Tinder o plataformas similares, reflejan esto que digo: mamada, penetración anal, asfixia, estrangulación, escupir, lenguaje duro… parecen constituir un patrón de conducta que se impone en estas relaciones sexuales.

Uno de los hombres que violó a la esposa drogada de Dominique, Pélicot también lo reproducía con la suya, invitando a otros hombres a hacerlo. Una especie de secta en la que se replican esos comportamientos y que el grupo los refuerza, en este caso a través de plataformas de mensajería de las que eran usuarios.

No es infrecuente que el sujeto reconozca, una vez ha finalizado su actividad, esa incongruencia mezclada con un gran sentimiento de vergüenza y culpabilidad.

Un trabajo de (Kor, 2022) sugiere una implicación de diferentes moléculas que sostienen el apego de los mamíferos y la hipersexualidad relacionada con la pornografía. Describe un mecanismo neurobiológico en el que estos sistemas pueden operar para reducir la empatía, como la alteración de los sistemas de oxitocina y su impacto en la empatía y en las relaciones afectivas. Más en concreto advierte de una mayor dificultad en las relaciones afectivas.

El relato de las agresiones grupales a menores podría ser considerado un ejemplo fehaciente de eso que trato de decir. De hecho, algunos movimientos sociales hablan de cultura de la violación.

En consecuencia este aspecto, es decir el que la brutalidad sexual de los vídeos pornoviolentos puede acabar deshumanizando a la víctima, me parece central porque, de hecho, de eso se trata.  Al porno no le interesa lo más mínimo la salud de los protagonistas y de los consumidores.

Un interesante artículo (Domínguez, 2023) subraya diferentes opiniones de expertos en las que se alerta de diferentes procesos de despojar de humanidad, señalando que “las personas que deshumanizan a otras son mucho más propensas a tratarlas mal”. Sería razonable pensar que deshumanizar a las personas está asociado a una mayor predisposición a ejercer la violencia contra ellas. Las guerras y los conflictos racistas son un buen ejemplo.

Incluso el lenguaje que se utiliza en las PSP es muy significativo con quienes sufren la violencia, considerados poco menos que animales y, a menudo, acompañando a la agresión. Términos como putas, viciosas, zorras, guarras…y un sinnúmero similar, asociadas a otros como jovencitas, pequeñas…no son solo frecuentemente utilizados en los títulos durísimos de los vídeos pornoviolentos, además de su contenido, sino que hay páginas webs con esa misma denominación. No hay parangón en el caso del hombre. Ninguno.

Con todo, siempre desde mi punto de vista, la agresión sexual a una mujer o a un menor, evidencia a un hombre que:

 1 º No valora la vida de esa persona, porque va a tener graves consecuencias para siempre, le jode la vida;

2º Solo le interesa su satisfacción egoísta de correrse, descargarse fisiológicamente y demostrarse así mismo que puede hacerlo, que tiene poder, aunque sea un cobarde.

3º Traspasa un límite peligroso: pierde su capacidad de empatía y compasión propia de la especie humana y

4º Si ha sido capaz de hacer eso, puede repetirlo, incluso superarlo: ¿por qué no hacer otras brutalidades donde se pisotee la dignidad de otra persona, en razón de que no hay límites basados en una ética humanista? o ¿por qué no hacerlo con otras mujeres y menores?

Dominique, al parecer también utilizó a su hija y a otros familiares menores en sus agresiones sexuales. Es una escalada difícil de parar, razón por la que los depredadores sexuales suelen ser reincidentes y no suelen experimentar culpabilidad, es más a algunos psicópatas les puede producir placer, tanto el ejercer poder como imponer su manera de tener sexo.  El asunto es muy serio, porque le puede pasar a cualquier mujer, niño o niña.

Un artículo (Sanz, 2023) asocia la falta de empatía y la conducta amoral, bajo una apariencia de normalidad, como un rasgo de ciertos  tipos de psicopatía, que implicaría la activación de diferentes estructuras cerebrales como la amígdala o el hipocampo y sustancias como la serotonina, relacionada con la inhibición de la conducta.

La persona siente escaso temor o inquietud ante situaciones de daño o castigo, por lo que no tenderá a evitarlas. Las condenas ligth que suelen imponerse a los agresores sexuales, incluso rebajarles las pena y excarcelar a depredadores sexuales de menores, como ha ocurrido en los últimos años en nuestro país, con la aplicación de la famosa ley del “Solo sí es sÍ“, puede contribuir a ello. Por ejemplo el conocido caso de Murcia, en el que varios empresarios, que habían violado y prostituido a niñas menores, fueron absueltos. Sin embargo, debe quedar claro que un/a menor nunca consiente, siempre es una violación.

Tampoco parece que experimentan remordimiento, es decir que “Lo que a la mayoría de nosotros nos produce miedo o compasión, a los psicópatas les produce placer”.

En consecuencia y a la luz de lo que he comentado es pertinente hacerse esta pregunta: ¿El consumo abusivo y precoz de pornografía violenta podría desencadenar rasgos de conductas psicopáticas? Una hipótesis para la investigación.

En el próximo artículo, seguiré analizando estas apasionantes cuestiones.

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