¿PEDÓFILO o PEDERASTA? (III). Etiología, consecuencias y tratamiento

“Si tú le dices a un niño que los Reyes Magos son tres y que le traerán regalos, se lo cree. Su inocencia, su inmadurez y su ignorancia en materia sexual favorecen que caiga fácilmente en la tela de araña, por eso es muy fácil tener sexo con ellos. Son unos incautos. Ir poco a poco. Primero hay que darle cariño, regalos y dejarle un móvil, luego hablarles de que mantenga en secreto la relación porque si no lo hace, le traerá graves problemas a él y a su familia. El resto viene rodado: está a tu disposición y no se lo va a decir a nadie. Su culpa es la mejor arma para la impunidad, su desconocimiento sexual, el mejor caldo de cultivo”. R. , 42 años

En anteriores artículos he hablado sobre las parafilias y los trastornos de la conducta sexual en los que enmarqué la pedofilia y la pederastia, con el propósito de clarificar algunas ideas confusas sobre esta cuestión.  Me he aproximado a la definición de estos dos comportamientos, el debate sobre la consideración de la orientación sexual y las organizaciones que los apoyan. En las líneas que siguen hablo del origen de estos comportamientos y de algunas de las medidas terapéuticas y preventivas que se siguen, dejando claro que la situación entre pedófilos y pederastas es bien diferente y que la relación de poder con sus víctimas, esencialmente asimétrica, es determinante.

Por esa razón es importante hacer un diagnóstico profesional, para establecer las preferencias sexuales y ver que papel juega en los posibles delitos, impacto en las sentencias y las eventuales reincidencias. Los psicólogos suelen utilizar diferentes escalas de evaluación (Molest, identificación, tiempo de latencia…) para este fin.

 Sobre las causas de este tipo de trastornos, hay diferentes aportaciones sin conclusiones definitivas. De una parte están quienes ponen énfasis en alteraciones en la estructura y las funciones cerebrales (lesiones cerebrales, cantidad de materia blanca), la biografía del individuo (como experiencias previas de abuso), personalidades antisociales, trastornos de personalidad o factores familiares. El psicólogo Cantor que cité en un anterior artículo, habla de “cableado anormal en el cerebro”.

Se han señalado así mismo determinados comportamientos sexuales en la infancia o adolescencia, no necesariamente traumáticos. Se tiende a pensar en el carácter oportunista de este tipo de conductas.

Otros expertos se refieren a individuos egoístas con falta de empatía, con dificultades en sus relaciones sexuales habituales, que podrían incentivar que se refugien en los menores ya que ello les puede dar seguridad y comodidad, en la medida en que les pueden manipular más fácilmente, en razón de su ignorancia en materia sexual, su inmadurez y que suelen ser muy incautos.

Otras variables que pueden estar asociadas a la violencia sexual, las he descrito en mi último libro que se publicará en unas semanas. En un artículo de este mismo blog, señalaba el impacto del consumo precoz y abusivo de Películas Sexuales Pornoviolenta (PSP).

Algunos estudios destacan una alta comorbilidad de trastornos psiquiátricos generales en aquellos delincuentes sexuales parafílicos, hecho que suele denominarse trastorno dual. Por ejemplo, trastornos del estado de ánimo, trastornos de ansiedad social, trastornos del espectro autista, el TDAH, así como ciertos tipos de discapacidades intelectuales… son psicopatologías que se reportan como co-asociadas con la conducta sexual parafílica.

En un trabajo sobre este tema se concluye que: “La pedofilia se ha relacionado con diferentes indicadores de alteraciones del neurodesarrollo, como un bajo cociente intelectual, una mayor preferencia manual izquierda y menor talla física, entre otros” 

Una aportación  de Sotoca-Plaza y col. (2020) señala que “Los resultados ponen de manifiesto que hay dos factores psicológicos particularmente importantes en esta cuestión, los rasgos antisociales y las tendencias pedófilas, que estarían presentes en una proporción mucho más alta en delincuentes duales que en personas que solo visualizan imágenes de abuso sexual infantil. 

El síntoma más común hace referencia a fantasías sexuales con niños/as recurrentes e intensas. En cualquier caso, hay muchos perfiles de este tipo de trastornos por lo que se requieren más estudios e investigaciones, como se indica aquí. 

Para la psicóloga Patricia Bosch, experta en esta temática, la mayoría de las personas pedófilas “suelen tomar conciencia de su inclinación sexual hacia menores de edad en la pubertad. Y en muchas ocasiones, y más si no se aborda y trabaja terapéuticamente, esta inclinación sexual les puede condicionar de por vida”.

Destacar igualmente que el entorno afectivo cercano es el más favorable para que se cometan las agresiones sexuales, como señalé en el anterior entrega. Lamentablemente los espacios que deben proteger a los menores, resultan ser, para una parte importante de ellos, justamente lo contrario.

El coste y las consecuencias de la violencia sexual en diferentes ámbitos pueden ser enormes. A modo de ejemplo de las implicaciones económicas, una de las investigaciones disponibles consultadas señalaba que la victimización por violencia sexual cuesta 450 mil millones de $ anuales. 

En cualquier caso, los efectos de estas experiencias pueden variar en función de numerosos factores y darse a corto, medio y largo plazo. Las más graves pueden incluir trastornos depresivos, estrés postraumático, alteraciones en la conducta, problemas de autoestima o autolesiones/suicidio.

A menudo, las víctimas, derivado del trauma que puede suponer, sufren el llamado síndrome de acomodación como mecanismo de supervivencia, teniéndolo en secreto y culpabilizándose durante años. Incluso nunca lo comunicaran.

En un reciente trabajo se concluye que “Los niños con antecedentes de SA (Sexual Abuse) presentan anomalías estructurales en la detección de amenazas, la orientación y el circuito de respuesta. Las víctimas de AS sin diagnóstico psiquiátrico tienen una alta probabilidad de problemas psiquiátricos con una posible contribución de estas aberraciones. Los casos de SA que no tienen un diagnóstico no deben pasarse por alto, ya que pueden tener cambios estructurales en las regiones cerebrales relacionadas con las emociones. Es necesario un seguimiento cuidadoso de todos los casos de SA”.

Diferentes investigaciones sugieren que el abuso sexual puede afectar las estructuras cerebrales de los adolescentes, por ejemplo, cambios en el sistema límbico, en particular la amígdala y el hipocampo y la corteza prefrontal.

Las consecuencias psicológicas son numerosas y variadas. Los efectos a corto plazo incluyen shock, miedo, ansiedad, confusión y retraimiento. Muchos supervivientes experimentan una reducción de los síntomas en unos pocos meses, pero algunos pueden seguir sintiendo angustia durante años.

Los efectos a largo plazo pueden incluir depresión, síntomas disociativos y desarrollo sexual desadaptativo. Diferentes estudios señalan una asociación entre estas situaciones traumáticas y las conductas suicidas.

Otros trabajos sugieren que las mujeres que sufren abuso sexual tienen el doble de probabilidades de abortar y corren un mayor riesgo de caer en depresión, ser más activas sexualmente y más precoces, así como 1,5 veces más probabilidades de contraer el VIH. Así mismo tienen 2,3 veces más probabilidades de sufrir trastornos relacionados con el alcohol. El consumo de pornografía también ha sido considerado.

Finalmente, por destacar algunos aspectos relevantes, las mujeres expuestas al abuso sexual infantil tienen entre 2 y 13 veces más riesgo de ser victimizadas por violencia sexual en la edad adulta. Las personas que sufrieron abuso sexual infantil tienen el doble de riesgo de sufrir violencia no sexual de pareja. Hay que destacar que los efectos en los chicos pueden ser más graves, por cuanto tienen más dificultades para comunicarlos.

Desde el punto de vista penal, nuestro CP debería clarificar con más precisión esta cuestión, si bien establece un castigo diferente para unos y otros según su conducta. Mi impresión es que en ambos casos la ley es excesivamente permisiva, no disponemos de los suficientes recursos técnicos y humanos para la rehabilitación y no se invierte en todo aquello que sea la prevención. Todo ello favorece el aumento de estos trastornos.

Esta es una pregunta recurrente cuando se plantea esta temática. Hay opiniones diversas, aunque, probablemente, predominan quienes piensan que no es posible cambiar estas conductas, creencia muy extendida en los grupos de trabajo que llevo a cabo.

 Cantor advierte que “Todavía no hemos encontrado una manera de convertir a los pedófilos en no-pedófilos que sean más eficaces que los muchos intentos fallidos de convertir a los hombres y mujeres homosexuales en heterosexuales” advirtiendo que “los pedófilos son más propensos a cometer delitos cuando sienten que no tienen nada que hacer con sus vidas y que por lo tanto no tienen nada que perder. Las personas son más propensas a hacer las cosas más desesperadas cuando se sienten más desesperadas”.

Desde una perspectiva terapéutica es preciso señalar que es imprescindible que el sujeto debe reconocer el problema y quiera someterse a una terapia. No se puede intervenir eficientemente si no es una decisión voluntaria y consciente. El castigo carcelario, por si solo, no funciona. Ni, al parecer, tampoco obtiene resultados significativos la denominada castración química, porque el deseo sigue existiendo y podría incrementar la agresividad.

En este sentido y sobre los tratamientos profesionales (además de los estrictamente penales) que se han utilizado: fármacos que pueden incidir sobre el deseo sexual, tratamientos hormonales, modificación de conducta… que pretenden la reducción de ese tipo de comportamientos y aliviar el malestar de esos sujetos. No conozco terapias específicas que obtengan resultados significativos y definitivos.  En algunos lugares hay registros públicos de los pedófilos y/o control policial.

En la Intervención programas específicos de tratamiento para condenados por agresión sexual a menores, hay un interesante y reciente artículo de Riberas, M. y col (2024). En concreto, este grupo de investigadores, proponen  una “intervención individual y centrada en personas con pedofilia; trabajando la baja autoestima, evaluando la ideación suicida y reestructurando las distorsiones cognitivas con menores, facilitando la creación de relaciones personales funcionales con adultos, evaluando la polivictimización pasada y su posible influencia sobre la conducta sexual posterior, proporcionar a los internos psicoeducación sobre pedofilia; atender de forma específica las fantasías sexuales con menores, evitando las conductas disexuales y la eliminación del consumo de material abusivo”.

 El enfoque psicológico cognitivo-conductual es una de las orientaciones más reconocidas 

Hay también propuestas desde otras perspectivas psicológicas.

Estrategias terapéuticas basadas en la terapia narrativa, que incluyen el aprendizaje de técnicas de regulación y autorregulación emocional basadas en el MBSR (Mindfulness Based Stress Reduction) 

Un resumen de algunas alternativas terapéuticas puede verse aquí.

Se ha propuesto estrategias terapéuticas, como los grupos de ayuda mutua entre pedófilos, para ayudarles a prevenir la soledad, la rumiación y mantener sus deseos sexuales controlados.

Como anécdota dramática, baste recordar el famoso experimento alemán, un ejemplo de lo que, a mi entender, nunca debería hacerse. El experimento consistía en entregar niños y niñas de orfanatos a pedófilos alemanes para que los cuidaran. Todo ello con el visto bueno del gobierno. Una experiencia terrible.

 En España hay diferentes entidades que abordan esta problemática como Fundación ADIMA  y Avasis en Sevilla, Fundación RANA (Baleares), Aspasi en Madrid  o Fundación Vicki Bernadet (Barcelona). También está Amino en Galicia o Asaci en Asturias. Hay una Federación de asociaciones que aglutina a las más relevantes: https://fapmi.es/

En el siguiente artículo, proseguiremos nuestra aproximación a estos dos trastornos de la conducta sexual.

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