¿Qué hacer con el porno? (II) La “guerra” de la pornografía.

Un artículo de José Luis García

En el anterior artículo (clica aquí si quieres recordarlo) mencionábamos la polarización social y más en concreto la que se observa cuando de películas sexuales se trata. Para comprender mejor lo que está ocurriendo, sugeríamos un continúo que describiera y situara las diferentes posiciones ideológicas existentes en la actualidad. Claramente, nos encontraríamos con dos extremos bien definidos: A favor o en contra, con pocas posiciones intermedias, en un enfrentamiento a cara perro. Este fenómeno es analizado en detalle a lo largo de nuestro programa educativo TUS HIJOS VEN PORNO.

En esas posiciones intermedias, a lo largo de esa línea imaginaria, se ubican otras personas, es verdad que por ahora minoritarias, entre las que me incluyo, que piden un poco de sosiego, un análisis científico con rigor y mesura, basado en estudios e investigaciones más que en propaganda, para ver cómo podemos solucionar este problema atendiendo al daño que genera el consumo habitual de pornografía, en particular la violenta.

¿Para qué? Bueno, primero para conocer mejor la realidad de lo que ocurre y, segundo, ofrecer soluciones que pasan necesariamente por la educación sexual profesional y científica, obligatoria, sí obligatoria, digo bien, desde la educación primaria hasta la universidad e ineludible en todas las familias. Más sabiduría y menos ideología, porque la bronca dificulta los avances y entorpece la búsqueda de soluciones. Conocemos algunos docentes que prefieren abstenerse de intervenir para no “provocar” conflictos en el centro de enseñanza, tal y como está el patio. Por eso creo que se trata de una polémica interesada y orquestada. Y no es baladí porque la salud afectiva y sexual en el futuro de muchos chicos y chicas está en juego.

Radicalmente a favor o en contra

En el extremo del continuo TOTALMENTE EN CONTRA de la pornografía, nos encontramos con la paradoja de que algunos grupos feministas radicales, grupos religiosos diversos y recalcitrantes, así como de partidos políticos conservadores y ultramontanos, se posicionan sin ningún tipo de ambages en contra. Por razones distintas, pero coinciden en esa postura ideológica: abolición de todo tipo de pornografía, sea la que sea.

En el otro extremo, TOTALMENTE A FAVOR, se sitúan la industria pornográfica, los consumidores de porno en particular los adictos que no quieren oír ni hablar de regulación, que no le toquen lo suyo, y que la venden como un símbolo de libertad sexual. Es el mercado, amigo, nos dicen y cada cual es libre de hacer y comprar lo que desee. En este grupo, encontramos facciones, también denominadas feministas liberales -cuya vinculación con el movimiento queer es clara- que la defienden a capa y espada como una lucha contra el modelo de sexualidad y moral dominantes. También por razones distintas los diferentes grupos coinciden en esa posición ideológica.

En consecuencia, en este estado de radicalización extrema, quienes osan proponer algún tipo de solución intermedia, son objeto de las más feroces críticas desde ambos lados. O aquellos/as que sugieren que hay películas eróticas, cintas sexuales con finalidad terapéutica o educativa o simplemente películas de contenido sexual que estimulan el deseo de muchas parejas, en las que las ganas se han ido apagando, y que no tienen absolutamente nada que ver con la pornografía violenta, que habría necesariamente que prohibir/regular. Pues no, a estos ni agua, desde ambos extremos.

Además, se boicotea su obra bibliográfica y su trabajo docente sin ambages. No sólo no serán invitados a exponer sus ideas, sino que serán ninguneados sin pudor alguno. Aunque tengan un minúsculo poder, lo van a utilizar sin ningún género de dudas ya que no hay nada más osado que un mediocre con la posibilidad de tomar una decisión. Las RRSS son el ejemplo más claro de ningunear enfoques científicos y profesionales.

Pero aún hay más. Hacemos notar que, a menudo, encontramos muchos hombres que les molesta que, el que esto escribe, plantee algunas críticas sobre el consumo de porno, a tenor de que la inmensa mayoría de los varones lo ha hecho o lo hace. Siempre les digo que mi interés no va con ellos, ni con sus hábitos, que ya son mayorcitos para tomar sus propias decisiones y que solo me interesan los efectos de su consumo en menores.

Mencionar tambien las caras de sorpresa, cuando no sospecha, cuando te presentan como estudioso de la pornografía a alguien desconocido, hecho constatado así mismo por diferentes investigadores. Citar igualmente las habituales y aparentemente neutras preguntas de los jóvenes con los que trabajamos, siendo la más común: ¿Por qué te dedicas a esto? cuando no te inquieren directamente acerca de esa especialización con todo tipo de consideraciones.

En consecuencia, no es fácil estudiar e investigar en esta área en el que algunas personas te tildan sin ambages de pornógrafo.

No todas las películas sexuales son iguales

Sin embargo, seguiremos en esta senda, conscientes de la necesidad de poner un poco de luz en esta área.

Porque, vamos a ver, pensar que los miles de millones de vídeos porno son iguales, no es solo de una ingenuidad manifiesta, sino que supone blanquear clarísimamente aquellos que son especialmente deleznables, de tortura, con los que no tienen ningún atisbo de agresividad. Y algunos hay. Y si no hay, habrá que hacerlos. No se pueden mezclar churras con merinas. Además, esa postura echa a los pies de los caballos a los menores y jóvenes que van a seguir viendo porno, nos guste o no, porque “todos son iguales”. Craso error.

Por el contrario, cuando trabajo con adolescentes y con sus progenitores, trato de decirles que hay películas sexuales eróticas y películas sexuales pornoviolentas, que no tienen nada que ver unas con las otras. Son dos mundos radicalmente diferentes, algo así como comparar un buen polvo de mutuo acuerdo, con una violación brutal.  O la mortadela con el jamón de bellota pata negra. No se puede, de ninguna manera, cometer ese desvarío.

Les sugiero que nunca vean porno violento, que no lo consuman y le doy sobradas razones para ello, pero que si necesitan estímulos sexuales – circunstancia muy usual en la población juvenil, también en la de adultos- usen aquellos en los que no hay ningún atisbo de agresividad. O lean algún libro, cómic o relatos eróticos, no agresivos.

A mí no me gusta la violencia enlazada con la sexualidad. Lo he dicho hasta cansarme, exponiéndome a todo tipo de descalificaciones y críticas. Estoy en contra de la producción de vídeos en los que se utiliza este mestizaje, con el único propósito de ganar dinero, en este modelo de desarrollo socioeconómico neoliberal en lo que todo lo que dé pingües beneficios es permisible. Soy consciente que en esta sociedad hipersexual en la que vivimos, la pornografía va a seguir existiendo, como el alcohol, el tabaco o las drogas. No sé durante cuántas décadas, aunque probablemente estemos hablando de generaciones. Su solución es un asunto político que habrá de resolverse a nivel planetario. Mientras tanto, hay que capacitar a nuestros menores, para que no lo consuman ni lo legitimen. Y si van a ver películas sexuales, que sea un consumo controlado de películas sexuales eróticas. No hay otra.

Y así andamos, liados en un enfrentamiento que parece no tener fin, cuyas consecuencias son devastadoras, en la medida en que nuestros chicos y chicas se privan de recibir una educación sexual profesional a la que tienen derecho sin ningún género de dudas. Y como he dicho muchas veces, los hijos e hijas (o sobrinos/as o nietos/as) de todos y cada uno de los hombres y mujeres que conforman esos grupos a favor y en contra, son víctimas de la situación anquilosada en la que estamos. Por igual. Las consecuencias son transversales.

Un dato nada más: una de las webs porno más importantes del mundo, tiene en torno a 115 millones de visitas diarias promedio. 1.200 búsquedas por segundo.  The Economist cifra entre 700 y 800 millones las webs pornográficas que hay en el mundo. Tres de cada cinco están alojadas en Estados Unidos. Esa misma web porno señala incrementos constantes y permanentes del consumo de porno a escala mundial. Imparable. El consumo de pornografía con diferentes grados de violencia, está completamente normalizado y ninguna autoridad relevante hace nada por controlarlo. Ningún país desarrollado lo ha conseguido. No se qué ocurrirá en Corea del Norte, pero en países como India, China o Cuba, hay articulos señalando una problemática similar. Tambien en los estados árabes. las implicaciones políticas e ideologías de la pornografía, ha sido analizada ampliamente en el Volumen nº I de nuestro programa TUS HIJOS VEN PORNO.

Todo esto en internet, en un clic, las 24 horas del día, a disposición del que quiera visionarlas, gratuitamente y sin ningún tipo de control, a sabiendas de que una buena parte son violentas y algunas deleznables e inaceptables.

Como es sabido, estas mismas páginas webs, que como estrategias de mercadotecnia han regalado los contenidos premium en la cuarentena del covid-19, afirman que su negocio ha aumentado el 18 % en el confinamiento. Después de la reclusión es muy probable que el número de adictos al porno se haya incrementado y que, con el mayor tiempo disponible, muchos chicos y chicas hayan ingresado en ese club que yo denomino “niños (y niñas) pornográficos”. Una nueva generación con nuevos paradigmas sexuales, cuyo futuro emocional y afectivo va a quedar inevitablemente afectado. No tengo ninguna duda de que estas consecuencias las veremos en los próximos meses y años.

No es fácil llevar a cabo medidas eficientes para reducir sensiblemente la influencia de las películas sexuales pornoviolentas.

Medidas legales y capacitación.

Entonces ¿Qué hacer con el porno? Al menos cabría considerar medidas de carácter legal y otras de corte educacional. Yo sería partidario de una ley que pusiera la pornografía violenta al mismo nivel que la pornografía infantil; sin embargo, soy consciente de lo utópico de tal anhelo. Tal vez considerar una normativa, precisa, que comprometa a una buena parte de países y que dificulte el acceso a los contenidos pornográficos.

Es decir que cada vez sea más difícil ver vídeos que contengan violencia.  Como demostraron Visa y Mastercard, el control del pago a través de las tarjetas de crédito, es un elemento exitoso e imprescindible. Es muy probable que los políticos acaben negociando con los productores para que eviten esos contenidos.

Con todo, me resulta complicado visualizar la consecución de estas medidas, a corto o medio plazo, en nuestro sistema neocapitalista.

Mientras llegan esas decisiones políticas, que se me antojan muy lejanas en el futuro, no queda otra que la capacitación a través de la educación sexual, profesional, científica, obligatoria desde primaria a la universidad encaminada a que chicos y chicas decidan no consumir ningún tipo de películas sexuales violentas y, si deciden utilizar estímulos sexuales, lo hagan de manera controlada y que no contengan ningún atisbo de agresividad hacia las mujeres y/o menores. En nuestro programa TUS HIJOS VEN PORNO, ofrecemos una propuesta concreta para trabajar en el hogar con los hijos e hijas.