LA EDUCACIÓN SEXUAL: la polémica de nunca acabar.

¿Sabías que una universidad pública, como la Rey Juan Carlos de Madrid, ofrece en primicia mundial un curso de formación con título propio: “Experto/a en Prevención de los Efectos de la Pornografía en la Salud Afectivo-Sexual”, para postgraduados, con una duración de 60 horas lectivas y con un plantel de profesorado de primer nivel?

Ya hemos comenzado la segunda convocatoria y haremos más, dada la excelente acogida. Si quieres saber más, clica aquí.

Si vamos a hablar de educación sexual, convendría aclarar los conceptos antes de continuar. Hay muchísimos términos y denominaciones que se refieren a la educación sexual. Nada menos que en 1984, en uno de mis primeros libros «Guía práctica de información sexual para el educador” ya abordaba de manera exhaustiva esta cuestión, encontrando numerosos términos y denominaciones sobre esa actividad. En consecuencia, nos encontramos con un abanico extraordinariamente amplio, tanto en lo que concierne a los vocablos como en los contenidos que en nada beneficia al proceso de normalización.

Se puede hablar de educación sexual entendiendo cosas radicalmente distintas y hasta contrapuestas. Cada autor, cada grupo, cada institución tienen su denominación y su propuesta al respecto. Si consideramos la metodología, igualmente encontramos diferencias extraordinarias, o si se refiere a los modos de integrar estos contenidos en los centros de enseñanza hay asimismo diferentes propuestas. Desde aquellos que delegan en personal fuera de los centros, unas pocas horas cada año en algunos niveles educativos, hasta aquellos, como es mi caso, que propugnamos una asignatura obligatoria, desde la educación infantil hasta la formación universitaria.

En los últimos años hemos asistido a una ideologización excesiva en torno a la educación sexual, en la que cada cual trata de hacer proselitismo. Es una situación inaceptable, en particular determinadas intervenciones de profesionales y grupos políticos/ideológicos fuera del centro escolar.

Por tanto, es importante considerar que hay diferentes modelos de educación sexual, en los que pueden primar los aspectos ideológicos (políticos y/o religiosos) hasta los profesionales y científicos, pasando por aquellos que únicamente se centran en cuestiones de información y/o de prevención.

Cuando yo hablo de educación sexual en la enseñanza me refiero, en términos generales, a diferentes intervenciones pedagógicas y didácticas que, desde un enfoque científico y profesional, tratan de incidir, de manera positiva y respetuosa, en la sexualidad y la conducta sexual de todas las personas, con el objetivo de conseguir una vivencia libre, enriquecedora, saludable y placentera. Aunque esta definición es incompleta, puede ser un buen punto de partida.

Referido al contexto educativo, se trata, por tanto, de intervenciones programadas, sistemáticas, con unos objetivos específicos referidos a la salud sexual y una metodología concreta, que se desarrollan, básicamente, en grupos de familias, jóvenes y profesionales. Estoy hablando, por tanto, no solo de evitar riesgos de salud sino, y, sobre todo, de promover una vida sexual placentera y saludable, para las personas que así lo deseen. La salud y la ética son las dos coordenadas fundamentales.

La educación sexual en el ámbito de la familia

Otra cosa es el ámbito del hogar, donde las actuaciones son más de modelos educativos, es decir, del efecto que tienen las actitudes, valores y conductas del padre y de la madre y de la calidad de su relación, las 24 horas el día, con las/os hijas/os desde su nacimiento. Claro que hay muchas informaciones, conocimientos y diálogos, en todo ese tiempo, pero lo relevante aquí es la relación afectiva y el aprendizaje por imitación.

Hay muchas más intervenciones educativas, porque la influencia del entorno en la sexualidad es extraordinaria -y, sin ninguna duda, internet es ahora la vía principal de información y aprendizaje para nuestras/os jóvenes- a través de los medios de comunicación, de las escuelas y centros de enseñanza, de instituciones sociales y un largo etcétera, pero ahora me refiero en este apartado, fundamentalmente, de la primera modalidad que hemos definido y que está centrada, en términos generales, en la enseñanza.

En ocasiones he hablado de «Educación sexual y afectiva”, añadiéndole esa palabra final, más que nada por suavizar la idea del placer que algunas personas ven negativamente, casi siempre de manera exclusiva, en el concepto originario. Considero que el mundo de los afectos, las emociones y los sentimientos entran de lleno en la sexualidad, y por ello no hace falta resaltarlo. Se sobreentiende que va todo en el mismo paquete. Hace muchos años, incluso llegamos a cambiar por completo la denominación, para evitar la censura sexual y moral que había en torno a las actividades educativas de esa naturaleza. Así hablábamos de “educación infantil”, “educación de la afectividad”, etc.

Educación sexual y afectiva

Pero, en fin, ya estamos en otro momento histórico diferente, (¿O no? ya que sigue siendo la asignatura pendiente) por lo que mantendremos esa denominación: educación sexual y afectiva, enmarcada en un modelo profesional y científico, que es el que desarrollo en mis cursos y talleres de formación para familias y profesionales que llevo impartiendo desde hace 46 años.

Desde entonces vengo señalando la necesidad de una adecuada educación sexual y afectiva para niños, niñas y jóvenes. A tenor de los pocos avances que observamos a nuestro alrededor, no hay duda de que se trata de una tarea ardua y difícil como pocas. Las iniciativas que se han llevado a cabo tienen un indiscutible mérito, pero, a nuestro entender, son escasas, y algunas de ellas no solo son incompletas, sino que adolecen de un planteamiento integral, global y profesional.

Muchas tienen un fuerte componente ideológico (moral o político). Otras fundamentan su presencia en la evitación de riesgos. También conocemos algunas que tienen un claro peso biologicista. En ocasiones, tales iniciativas se hacen tarde y se realizan de manera aislada, sin estar integradas en el currículum. También es cierto que algunos/as de los profesionales que las imparten no tienen siempre la capacitación más adecuada o, lo que es peor, postulan opiniones y creencias personales, defendiendo determinadas conductas sexuales y demonizando otras.

Claro que, para algunos/as, más vale eso que nada, pero lo cierto es que estamos lejos de un modelo que podríamos considerar satisfactorio. Veamos un ejemplo: La situación de nuestros jóvenes es sumamente complicada, como ya hemos advertido en otras publicaciones.

1. El aprendizaje de los hechos sexuales se hace, en gran medida, a través de Internet y de modelos de conducta sexual obtenidos a partir del porno.

2. Conductas sexuales clandestinas y furtivas asociadas muchas veces al consumo de alcohol y drogas, replicando los modelos de aprendizaje vistos durante cientos de horas en la pornografía violenta. Hemos abandonado a nuestros menores en los brazos de estos vídeos brutales que constituyen su referente educativo, erotizando la violencia. Un hecho gravísimo al que le he dedicado varios artículos en esta web.

3. Un uso desmesurado y grosero del sexo por parte de la sociedad de consumo, que ha hipersexualizado casi todo, como reclamo para vender cualquier cosa. Numerosos programas de televisión comercializan vergonzantemente con las emociones afectivas y la intimidad sexual. Diferentes medios de comunicación se sirven del sexo para obtener beneficios. Algunas RRSS , a pesar de sus hipócritas controles, ser sirven también de los contenidos sexuales más o menos explícitos. Y por supuesto los millones de webs porno.

4. La falta de legitimación de la sexualidad y de la información sexual por parte de los progenitores.

5. La ausencia de educación sexual científica en los centros escolares y, paradójicamente, la aparición de broncas y polémicas cuando se pretenden implementar programas educativos sobre sexualidad, como he mostrado en mi libro Sexo, poder, religión y política.

6. Las características psicológicas de la adolescencia ofrecen un marco de comprensión de todo lo que está pasando: sentimiento de invulnerabilidad, atracción por el riesgo, querer las cosas ya por señalar algunas de las más destacadas.

Estas seis realidades acaban configurando un escenario que favorece la proliferación de diferentes riesgos en la salud sexual y reproductiva de las/os adolescentes. He hablado de todos ello en los diferentes artículos de este blog, en particular de las agresiones y abusos sexuales y del efecto de lo que denomino Películas Sexuales Pornoviolentas.

En todo caso y frente a este escenario, reivindicamos que todos los niños y todas las niñas tienen derecho a una educación sexual científica y profesional, obligatoria desde primaria a la universidad. Los padres, madres y el profesorado no solo no deben conculcar ese derecho, sino que deben promover y facilitar su desarrollo. Todos ellos tienen su cometido y su responsabilidad en la educación sexual, porque de lo que se trata es de sumar esfuerzos.

Y los/as políticos/as deben dejar hacer a los profesionales y no poner palos a las ruedas. Legislar una ley de ámbito nacional que garantice el derecho a una #educaciónsexualprofesional , científica y de calidad a todos los niños, niñas y jóvenes. E implementarla dotándola de todos los recursos necesarios para una eficiente aplicación.

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